ZAPATILLA GRIS O ROSA

ZAPATILLA GRIS O ROSA

 

ZAPATILLA GRIS O ROSA

 

Casi todo el mundo ha recibido la imagen de esa dichosa zapatilla por la que la gente es capaz de matar a quien niegue que es gris con cordones y decoraciones verdes o rosa con cordones y decoraciones de color blanco.  De paso ha leído esa justificación, parece que bastante discutible neurológicamente, sobre la relación entre los colores que se ven y cada medio cerebro. Asocian el genio creativo con la versión rosa. Con lo que quienes escribimos y la vemos gris empezamos a entender por qué a nuestros versos se les hace tan poco caso.

Este post no va de colores ni de zapatillas, sino de dos formas de entender el proceso creativo, que tampoco tienen que ver con los hemisferios cerebrales. La primera consiste en hablar de uno mismo, la segunda en hablar de otras cosas. No se trata de establecer ninguna jerarquía entre ambos métodos. Por poner un ejemplo, en otros tiempos se puso muy de muda el Diario de Amiel, en el que un profesor suizo tímido ante las mujeres razonaba sobre su relación. Es una obra interesantísima, a la que incluso dedicó un ensayo Gregorio Marañón.

En materia novelística un buen indicio para saber a qué variante se adscribe el autor suele ser comprobar a qué se dedica su protagonista. Dentro de ejemplos cercanos, los de Javier Marías traducen del inglés, los de Cercas dan clases en una universidad extranjera y citan un montón de libros leídos o los de Pérez Reverte tienen un rico pasado, abundante en peligros, y son más chulos que un ocho. Desde luego no consta que Stevenson ejerciese de pirata o Víctor Hugo trabajase en Nôtre Dame, ni de archidiácono ni de campanero.

Si nos vamos al territorio de la poesía, conviene aclarar que en él sigue operando la alternativa apuntada. Tendemos a hacerla equivalente a la expresión de la intimidad, pero no es cierto. Dante nunca pasó por el Paraíso ni por el Averno, al menos en vida, ni nuestro Duque de Rivas pudo decirle cara a cara lo traidor que era al Condestable de Borbón, porque cuando escribió “Un castellano leal” ya hacía trescientos años que habían matado al otro.

Y es que, como demuestran en pintura los huevos fritos de Velázquez, para el arte debería servir cualquier tema.

Rossini tenía dicho que podía convertir en un aria la lista de la lavandería; y Umberto Eco que escribió todo “El nombre de la rosa” porque le apetecía ahogar a un fraile en sangre de cerdo.

Si hablar de las cosas propias resulta más fácil es porque concurre una de estas tres situaciones: 

– o a uno le han pasado cosas emocionantísimas;

– o tiene una sensibilidad especial que nos ofrece impresiones nuevas;

– o simplemente le falta imaginación y asimila este hándicap para adaptarle la tarea.

Dado que este post se inserta en una web sobre libros y que estos libros son propios, en su momento quedó escrito para quien lo lea que cada vez que se tratase un tema se aportaría un ejemplo de la misma fuente, más afortunado, menos o nada –y conste que uno es tan incapaz de escribir sobre sí mismo que hasta le cuesta poner que es incapaz de hacerlo.

Ya que hemos mencionado a los piratas, ¿qué tal si nos fijamos en los de Astérix? Quiero decir como materia de poesía seria. Ya sé que los autores los tratan como una banda de inútiles patosos, acomplejados por los galos y que acaban dentro del agua se comporten como se comporten. Y eso que, a diferencia de sus enemigos, ellos sí que pasarían un control antidoping.

Suena a bastante intranscendente. Pero ¿y esa constancia de levantarse –en su caso salir del agua- y volver una y otra vez a la carga? ¿Y esa lealtad a su tarea a pesar de las pérdidas continuas, porque ya hará tiempo, me imagino, que ninguna compañía de seguros les firma una póliza sobre sus barcos? ¿Y esa entereza para asumir los fracasos sin autocompasión ni lloriqueos? Pienso que todas estas circunstancias los convierten en seres admirables, a mi juicio mucho más dignos de estima que los galos dopados.

Vamos a ver cómo quedaría un homenaje (incluido en la obra “Pensando en Esmeralda”):

Propongo aquí una loa colectiva

para ese bravo equipo de piratas

que impávido ve hundirse sus fragatas

a bordo de una lancha a la deriva,

velamen y cuadernas hechos trizas

por culpa de la odiosa poción mágica

y que, sin asumir su estrella trágica,

resurge cada vez de sus cenizas.

Inmune a los desaires y a los palos,

dispuesto a la revancha aunque sin odio,

sabiendo que en el próximo episodio

se irán de nuevo a pique ante los galos.

Jamás os rendiréis, aunque se emperre

la suerte, capitán de barba roja,

tú, viejo latinista pata coja,

tú, negro que no dices bien la erre.

También va por vosotros, marineros

de faz patibularia a costurones,

que en vano sacáis punta a unos arpones

que nunca bastarán a defenderos.

Qué ejemplo dais rehaciendo tercamente

la pobre embarcación, con qué coraje

blandís las herramientas de abordaje

camino del naufragio subsiguiente.

Por todos va este brindis y el respeto

a tal perseverancia en la porfía

y a tanta dignidad, que no se arría

no obstante el chauvinismo del libreto.

Que aunque os pinten como malos

a muchos nos gustaría

que os dejasen dar un día

su merecido a los galos.

 

Libros relacionados: Pensando en Esmeralda

Joaquín Borrell

lynx@librosjoaquinborrell.com
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