
24 May ESCRIBIR DE LO QUE SE ESCRIBE
ESCRIBIR DE LO QUE SE ESCRIBE
Hay a quienes nos gustan las obras sobre cómo se compone otra obra. Si tomamos como referencia el cine, la segunda puede ser un drama –Shakespeare in love-, una o varias óperas –Amadeus-, una pintura –El tormento y el éxtasis- o, por qué no, otra película, como en Una noche americana. Se trata de usar como tema el proceso creativo; meterse en la cabeza del autor y reconstruir su método hasta alcanzar el resultado.
También cabe, por supuesto, hacer cine sobre cómo se escribe poesía o una novela y seguro que espigando un poco encontraríamos algún ejemplo recomendable. Por desgracia abundan aquí dos fenómenos, muchas veces concurrentes. El autor suele ser un tipo más bien histérico y de trato desagradable, convencido de que anda camino de una obra inmortal; y casi siempre se intercalan párrafos cortados de dicha obra, que suelen parecer elegidos por un enemigo.
Si encima es un poeta y el guión está traducido, apostemos a que todos los versos acabarán en terminaciones verbales de la primera conjugación.
Una alternativa sería el poema sobre cómo se hace un poema –“Un soneto me manda hacer Violante” es el ejemplo elemental, obviamente una humorada de Lope-, o la novela sobre cómo se escribe o incluso sobre cómo se piensa escribir una novela. Con este método ganó Sánchez Dragó hace años el premio Planeta, “La prueba del laberinto”, con la particularidad de que de la novela propiamente dicha no volvió a saberse.
¿Más variantes? Pues hay muchas: críticas de libros o producciones inexistentes (Borges y Stanislav Lem las practicaron fenomenalmente), muy prácticas porque permiten narrar una ficción sin tener que escribirla, o descubrimientos de supuestos textos ajenos, casi siempre manuscritos, con los que uno ennoblece los propios. El caso más notable es el de MacPherson, que se inventó todo un pasado gaélico a costa del inexistente bardo Ossian; pero por estos pagos hay sospechas fundadas de que en fundamentos parecidos se basan algunos movimientos políticos muy sonados.
Caben más apartados; pero por no hacerlo largo vamos a centrarnos en uno especialmente prometedor: sacar punta a una obra ajena, escribiendo sobre lo que sugiere o completando alguno de sus efectos. Por supuesto, median unos cuantos requisitos inderogables: dejar clara la procedencia, sin apropiaciones indebidas; evidenciar de forma igualmente clara dónde ha empezado uno; tratar la obra ajena con el máximo respeto, lo que resulta igual de obligatorio si se trata de una parodia, porque si ésta no es un homenaje se convierte en una patochada.
“Vencidos”, de León Felipe, podría ser un ejemplo canónico –vamos, que sirva de canon-; con la particularidad de que suena a conocido, porque le puso música Serrat. Consiste en ver pasar a don Quijote, ya se supone que imaginariamente, de vuelta de una de esas aventuras que siempre le terminan mal y, si uno se siente algo perdedor o apalizado, sacar paralelismos con la situación personal. No es cuestión de reproducirlo, porque está muy disponible en la web, pero sí de recomendarlo.
Pasando a la oferta propia, y aumentando el riesgo de quedar fatal por insertarla tras palabras mayores como son León Felipe, vamos a atrevernos con otro ejemplo. Acto primero de La Traviata: el fiestorro en casa de Violeta ha terminado, la protagonista se ha quedado sola con su tuberculosis todavía incipiente y canta un aria preciosa. ¿Qué tal si le añadimos un poco de ambientación, tal y como podríamos imaginarnos la escena y sus pensamientos?
Ha partido el tropel de invitados
cantando a capela
y la noche los ha diluido
detrás de la puerta.
Las bandejas desnudan su plata,
vacías de tostas,
y en desorden de corros truncados
las sillas reposan.
Los cigarros en los ceniceros,
mojados y romos,
hacia el techo remontan sus tufos
fumándose solos.
Las mesitas rebosan de copas
de bordes untados
y en los posos del vino hay disuelto
carmín de los labios.
Las arañas de luz aún llamean
en busca de sombras
que atraviesen la pista de baile
trenzando otra polca.
La Traviata acaricia doliente
las notas del aria
y la cuerda comparte con ella
la voz de nostalgia.
Si la fiesta, según dicen todos,
fue un éxito pleno,
¿por qué explaya Violeta su canto
con tal desconsuelo?
Quizá sabe que a tales veladas
se acude con máscara
y los brindis que todos corean
son sólo palabras;
que el tenor rico y joven es otro
amor imposible,
uno más que sumar a su lista
de fémina libre.
Tal vez sea que ha visto en la luna
veraz de un espejo
nuevos frunces cerrando en paréntesis
sus ojos de enebro;
o al toser ha añadido otra vez
al tul del pañuelo
un bordado de malos augurios
con hilo bermejo.
O quizá –por dar una variante-
más bien se plantea:
si está sola en la inmensa casona
quién friega la cena.
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